hIERBAbUENA

(CRÓNICAS ANÓNIMAS)


Ganja, grifa, verde, hierba, weed, cannabis, marihuana; es la droga más popular del mundo, se consume en todos los países legal o ilegalmente (más de la última forma); los sacerdotes hindúes de la India la colocan en enormes pipas y consumen el humo de su combustión durante días, los sintoístas del milenario Japón lo encienden junto a inciensos y respiran los vapores que emergen de sus hojas, así también lo hacían los viejos sabios de la Grecia clásica, los budistas desde el tiempo de buda, los taoístas y según algunas indagaciones, los antiguos cristianos;



también la usan los soldados del país más hermético del mundo, Corea del Norte, bajo recomendaciones de sus propios líderes políticos, y los rastafaris han construído su tradición alrededor de esta maravillosa plata, fueron ellos los que la denominaron ganja; los hippies de los 70s la popularizaron en todos los rincones, y aunque la oficina contra drogas de la ONU (unodc) se crea que solo un 3% de la población la ha consumido, lo cierto es que en dicho porcen


taje no figura el 90% de mis amigos y conocidos que la ha consumido alguna vez o la consume frecuentemente, sin tener dogma o credo en particular. La marihuana es una droga universal y transversal.



PEXELS/ yash lucid.

Recuerdo muy bien la primera vez que fumé marihuana; era mediodía del último día del año escolar, había acabado exitosamente 5to de secundaria y ya había ingresado a la “U” para estudiar Derecho. Mi destino parecía muy bien enrumbado y me sentía protegido por una coraza de seguridad infranqueable; escuchaba aquella canción de Snoop Dogg y Wiz Khalifa que decía: So what we get drunk? So what we smoke weed? we're just havin' fun, we don't care who sees; y empecé a

creer que mi vida necesitaba experiencias nuevas. Necesitaba construir un nuevo yo, libre de cualquier atadura, sobre todo porque había estado once años sumergido en el conservadurismo de un colegio católico, en una familia católica, en un país católico. Éramos ocho muchachones bien uniformados, dirigiéndonos a la casa de uno de los nuestros; no todos habíamos conseguido la misma fortuna, algunos habían jalado uno o un par de cursos, otros no habían conseguido el ansiado ingreso a la Universidad, algunos mejores que yo salieron con honores y en 5to superior, y se iban al extranjero: de todos modos queríamos celebrar que virtualmente el colegio se había terminado y que podíamos hacer lo que nos dé la gana. Vi cómo entre bocanadas de humo blanco y denso, todos se mataban a carcajadas, se quedaban pegados en el horizonte y hablaban cosas sin sentido; esa vez a mí no me pasó nada. No me quedé con las ganas, lo intenté ocho veces más en ocho situaciones diferentes, la primera vez que me pegó, descubrí que el mundo podía ser muy gracioso, que me había perdido de algunos detalles de la realidad y que mis amigos, en realidad, estaban iluminados.


Nunca fui de los que la buscaba o compraba, lo mío era hacerlo en ocasiones aisladas, precisamente en situaciones ocasionales, rodeado de amigos míos que sí eran habituales en el hábito.



Alguna vez, sin medir las consecuencias, rendí un examen bajo los efectos de la planta, era de Historia universal y del Perú, en mi segundo ciclo de la Universidad. Durante 40 minutos me quedé analizado una pregunta mal planteada que ya se había aclarado que no debíamos contestar; entregué mi examen muy tarde y sin nombre, y noté que la profesora, muy mayor ella, aunque me tenía un aprecio especial, se concentró fijamente en mis ojos por unos segundos. Cuando nos devolvió la prueba había obtenido un 14, aunque en realidad solo había respondido bien 7 preguntas de 20. Cuatro años después, ya en otra ciudad y estudiando otra carrera, me di cuenta que mi consumo había dejado de ser tan ocasional, y que aunque no la compraba ni la buscaba, sí la conseguía: pues, me había rodeado exclusivamente de personas que habían adoptado a la marihuana como estilo de vida. Me desenfundo la coraza: mi infranqueable seguridad se había convertido en constante inseguridad y casi pánico, y mi capacidad de palabra, don más preciado y cultivado (mi arma más letal), se había escondido y me había dejado indefenso. Entonces abandoné esas amistades y me concentré en recuperar mi personalidad en la más pura lucidez.


Ha pasado mucho tiempo desde que fumé mi último ¿pipazo, porrito? no recuerdo qué fue. La marihuana ha sido una experiencia interesante en mi vida de la que no me arrepiento, me ha enseñado a vivir una espiritualidad personal lejos del catolicismo, a pensar diferente sobre asuntos cotidianos y a cuidar mi alma (psique) por sobre todas las cosas; pero ya no es más parte de mi vida; de modo que mi aislamiento, como el de muchos, ha sido aburrido en el sentido de total sobriedad. Sana y pacífica sobriedad.



Pero no todos han vivido mi experiencia, hay muchos conocidos, amigos cercanos y familiares que siguen manteniendo una relación íntima con la marihuana, es su compañera de vida y primera confidente de vagos y profundos pensamientos. El aislamiento no ha logrado aislarlos de esta planta sagrada y han conseguido la forma, aunque algunos ocultan su hábito incluso para sus convivientes, de conseguirla, fumarla, comerla o beberla. Es el caso de un primo mío, de mi misma edad, que usualmente fuma a escondidas en su casa. “He logrado desarrollar mecanismos exactos para darle en el momento preciso y que no me atrapen, aunque bueno no tan exactos porque mi hermana se dio cuenta ayer”, me cuenta. Ha decidido, tras tantos años de consumo, resignarse a las mañanas moribundas y grises, habituales en los consumidores, a cambio de las experiencias relajadas y sobre estimuladas de sus momentos de ocio: “He encontrado un equilibrio en eso”.



En tiempos de antigua normalidad, aprovechaba los huecos de la U (si eran muy largos) para, en el carro de su amigo, darle vueltas a la ciudad en busca de uno de sus dealers conocidos. Ahora que la situación es diferente, eso no ha cambiado: sigue juntándose con el mismo grupo de amigos para darle vueltas a la ciudad en busca de los dealers conocidos. Cuando el libre tránsito no era más un derecho vigente, en vez de ir en el carro iban caminando. La ciudad en la que viven es enormemente pequeña, y una caminata de 30 minutos siempre resulta agradable, sobre todo cuando al regreso los sentidos están alterados.



Compran lo suficiente para una semana, y el precio no ha cambiado mucho, las tarifas clásicas de 10 (Diego) y 20 (Twenty) soles, aunque a veces te garrean (merman) un poco en la cantidad, siguen siendo lo suficiente para una y una semana y medida. La relación con los dealers es muy amigable, algunos les hacen catar un poco de la weed de su propia reserva sin que consuman la que acaban de comprar: se relajan un poco, conversan, el dealer se anima y arma otro porro y así, ya con el cerebro sobrecargado de cannabinoides regresan a casa. Ya no se ríen como antes, ya no carcajean, ya no sueltan disparates sino aburridas sentencias; balbucean un poco y se adormecen, se les cae un poco la cara y los cachetes les pesan, pero siguen considerando la marihuana el ingrediente especial de sus vidas. No es que no lo sea.


Mi primo, con el que fume muchos porros, bates, tronchos, cuando yo también lo hacía , es un excelente estudiante de arquitectura y peloterazo como yo. Jugar futbol stone no es buena idea, aunque la mente piensa rápido y en cien probabilidades, el cuerpo tiene 1000ms de ping, y entonces dices: uy sabía que me haría esa, y te clavaron un gol. Sin embargo, pensar reflexiva y creativamente no tiene

comparación: las conexiones neuronales se disparan, los circuitos de aquí y allá que antes no se rozaban ahora establecen vínculos nuevos, relaciones nuevas y el cerebro empieza a formular nuevas ideas, y con eso nuevos ejes de pensamiento y con ellos nuevas conclusiones: el cerebro entra en un estado de hiperconexión.




De eso me di cuenta yo cuando, desde mi posición de periodista interesado en la vida social de los hombres, reflexionaba obsesivamente (y también de forma insana) en cómo el racismo había modelado mi país, mi cultura y mi comportamiento, y el de mis cercanos. Él por su lado me cuenta “cuando tengo que hacer un diseño y estoy drogado, la cantidad de cosas de las que me doy cuenta es increíble, son tantas las posibilidades que tengo, que lo difícil es tomar una decisión y ahí comienza el conflicto: sin duda soy mucho más lento”.


Según el investigador y “psiconauta” Terence Mckenna, lo que probablemente haya provocado la evolución del homo primitivus al homo sapiens, es la interacción de nuestros antepasados con hongos alucinógenos, unos psicotrópicos que provocan, aunque con un efecto muchísimo más poderoso, un viaje parecido al de la marihuana: un viaje psicodélico.



“Lo que nos dotó de un pensamiento más espiritual y abstracto que el del resto de primates” Está comprobado que en efecto, hace 200.000 años el cerebro de los humanos se duplicó repentinamente, y una parte de la dieta de entonces eran hongos silvestres, interesante teoría. Sin embargo, muchas teorías también explican la evolución del hombre sin incluir el consumo de hongos como factor determinante. Otra cosa comprobada es la universalidad del consumo de drogas, todas las ciudades humanas han conservado una tradición con el consumo de drogas. Los incas, por ejemplo, tomaban el ayahuasca y el san pedro; los indios americanos usaban tabaco y peyote al igual que los aztecas, los asiáticos fumaban opio y cannabis, y los occidentales cultivaron por siglos un amor arraigado hacia el alcohol, que es droga más aceptada en la actualidad.


La globalización hizo que cada quien consuma la droga que quiera en la medida que quiera, y la de mi primo es definitivamente la marihuana; por las tardes, después de clases, fuma un poco, hace sus trabajos, se demora un poco más; luego, cuando ya ha acabado, siente que es momento de relajarse, y le da un par de hits nuevamente, nos reunimos vía red online para jugar juegos en línea, nos divertimos; y más tarde, cuando es hora de dormir, fuma un poco más, agarra el celular y tontea un rato, hasta que se le pase el efecto bajo el cual es imposible apagar el cerebro. Ya son las dos de la mañana y aún no se le pasa, espera un poco más, ya son las tres y ahora sí se siente cansado y trata de dormir. Por supuesto este exceso de dopamina y serotonina (a estas alturas ya de muy baja calidad) agotadas en tanto lapso de tiempo, hacen que sus mañanas sean grises, desanimadas y moribundas. Ya no hay más reservas en su cerebro. Entonces es necesario esperar a que llegue la tarde nuevamente para buscar otra vez estos estímulos.



Desde el ojo de un no consumidor esta vida aparenta ser terrible, pero no lo es. Pocos son los casos en que el consumidor genera realmente una adicción al cannabis, según los estudios solo tres de diez personas desarrollan esta patología, y en los tres casos resulta ser una adicción psicológica, no física. Mi primo cree que es dependiente, pero no se siente mal por ello, cree que la marihuana es más que parte de su vida, es parte de su identidad. En efecto que consuma esta planta no lo ha hecho un ser improductivo y sin futuro, sigue como todos los demás, teniendo un destino aparentemente positivo, solo que a su manera.