El individualismo del ser humano pos-posmoderno

EN EL FILME ARGENTINO «ANIMAL» DE ARMANDO BO


Escrito por Marcelo Fárfan

«Animal», con una exquisita fotografía urbana, funciona como una ligera denuncia al sistema burocrático, pero, sobre todo, funciona como la tragedia del ser humano individualista. Este filme dirigido por Armando Bo (co-guionista de la ganadora del premio de la academia «Birdman») expone las desgracias y posibilidades que adquiere un burgués al enfrentarse al más grande obstáculo del ser humano: el tiempo.



STATU QUO: ANTES DE LA PANDEMIA



Fondo rojo, sangre, fluidos, la cámara dentro del cuerpo del protagonista. Así inicia esta película argentina, con un plano que evoca la salud de Antonio (Guillermo Francella) y que hará poesía a lo largo del filme. Posteriormente, mediante un plano secuencia muy bien ejecutado, observamos la hermosa casa de Antonio, su vida burguesa, llena de comodidades; vemos que ha dejado el cigarrillo, ojo con esto, puesto que es el símbolo que marca el giro de 180 grados que sufre el protagonista. Posteriormente, lo vemos trotando ligeramente, hedonista, sereno, burgués.


Todo parece perfecto, nuestro protagonista vive una vida feliz con su esposa e hijos. Sin embargo, todo cae en picada cuando se entera que necesita un riñón para salvar su vida, este primer detonante (en el momento en que Antonio se detiene para contemplar el mar) marca una serie de eventos desafortunados que empujaran a nuestro protagonista a convertirse en el ser más despiadado que uno pueda imaginar: en uno mismo, sin complejos ni ataduras.



CONFLICTO: LA LLEGADA DE LA PANDEMIA


Han pasado 712 días y Antonio Decoud de 55 años se encuentra hospitalizado y a la espera de un donador que nunca existirá. Nuevamente, el fondo rojo aparece en una de sus revisiones médicas. A diferencia del anterior plano, en este, podemos observar el desarrollo de la enfermedad. Después de esta gran elipsis, nos damos cuenta de que la vida de Antonio no volverá a ser la de antes: vive en una casa más pequeña, le va mal en el trabajo y la relación con su familia queda resquebrajada a causa del poco dinero que gana. En conclusión, la pesadilla de todo burgués.


Es así que la necesidad de un trasplante de riñón es llevada al extremo para revelar el individualismo del ser humano, egoísmo tan profundamente arraigado en el ciudadano posmoderno que desprestigia a la familia y se superpone por sobre todas las cosas. Antonio, tras confirmar que la lista de espera de donantes no lo ayudará en absolutamente nada (se encuentra en el número 256), decide darle luz verde al tráfico ilegal de órganos.


Antonio contacta a Elías (Federico Salles), un joven vagabundo de 27 años que desea vender su riñón por una casa de 70 mil dólares para poder criar al hijo que espera con Lucy (Mercedes De Santis), una mujer analfabeta un tanto maquiavélica. Menuda suerte la de Antonio, ya que, tras enterarse de que Elías y él son compatibles, se entera también de que el vagabundo es un alcohólico ocioso que se hace pasar por minusválido. Debido a ello, las exigencias básicas para llegar apto al día de la operación (cero alcohol, comer sano y tomar agua) son prácticamente irrealizables.

Cuando la película empieza a ponerse plana, surge un interesante twist: la verdad llega al hogar de Antonio. Elías y Lucy se aparecen en la cena familiar, pero, tras una conveniente y poco creíble mentira, Antonio niega la ilegalidad del acuerdo. En esta cena, nuestro protagonista evidencia la clara crisis existencial del ser humano posmoderno, puesto que le aclara a su hijo: «Los seres humanos no estamos hechos para volar, Tony».


Efectivamente, no estamos hechos para volar, porque no somos aves, somos humanos, humanos posmodernos con un gran nivel de desesperación que no nos deja volar ni literal ni metafóricamente. La productividad en la cuarentena nos tiene atados, paradójicamente, nos corta las alas.



DECISIONES: MEDIDAS DESESPERADAS


Avanzamos en la trama y nos encontramos con una escena previsible, lo cual no necesariamente es un error, nos referimos a que Lucy cambia de parecer y desea la casa de la familia. Debido a ello, Antonio cancela el trato y recurre a diversas estrategias para obtener el tan codiciado riñón, llama a un hospital en Bolivia y le ofrece a una prostituta el trato. No obstante, todas las opciones son denegadas. El conflicto de la película podría resolverse con el simple hecho de encontrar otro donante, pero la «ilegalidad» se convierte en el mayor miedo de este burgués egoísta. Aquí podemos observar, después de un buen tiempo, el fondo rojo que cada vez se encuentra más burbujeante, lo cual hace alusión a la enfermedad degenerativa.


En este punto de la película nos preguntamos: ¿se puede confiar en el sistema?, ¿todo se basa en el dinero?, ¿dónde queda la equidad?, ¿por qué Antonio se aferra tanto a la vida? En esta breve reseña, solo podemos contestar a la última pregunta: Antonio es humano, un ser humano que no tiene un verdadero motivo por el cual vivir, ya que su familia, trabajo y aspiraciones pasan a un segundo plano. Todo se basa en la supervivencia, en el sentido animal que despertamos cuando estamos en peligro. Antonio se da cuenta de ello, por eso culpa a su esposa, por eso vende la casa y por eso fornica con Lucy.




CLÍMAX Y ACCIÓN DESCENDENTE: DESPUÉS DE LA PANDEMIA



Antes de que llegue el día de la operación, Lucy seda a Elías, Antonio se lo lleva y, con una pistola en mano, convence a sus amigos «médicos» para realizar la operación. Nuestro protagonista ve cada segundo de la cirugía e, inclusive, la disfruta. Tras la operación, aparece, una vez más, el fondo rojo, lo cual nos hace cuestionarnos: ¿el riñón que se observaba desde su interior era de Antonio o de Elías? Ambos se encontraban, en teoría, en un estado degenerativo. Antonio por la enfermedad; y, Elías, por su estilo de vida. El cuestionamiento queda ambivalente, a interpretación del espectador.


A la mañana siguiente, podemos ver como el trato se consolida, podemos deslumbrarnos con la muestra de poder de un pequeño burgués e intentamos entender como el buen Antonio descansa desapercibidamente en un centro de belleza tras argumentar que tuvo una «liposucción». Acto seguido, le ofrecen fumar, Antonio, tras dudarlo, se limita a decir: «Nadie se muere por un cigarrillo», afirmando así la transformación del protagonista y, con ella, la pirámide de poder, la cual ha estado presente desde el inicio de la humanidad. Este filme, así como nuestro confinamiento, es un claro ejemplo de ello.


La última escena de la película exhibe un primerísimo primer plano de la sonrisa de Antonio, lo muestran solo y feliz en un departamento perfecto para el ser humano posmoderno. Este largometraje concluye con la exposición de su título, mención honrosa que nuestro personaje principal se ha ganado tras casi dos horas de metraje. Antonio ha completado su transformación, es un animal que prioriza su supervivencia ante la de los demás, un ser humano pos-posmoderno, sin culpa ni remordimiento. Esto es «Animal»: planos secuencias, tensión, metáfora e individualismo. Esperemos que la crisis sanitaria mundial no despierte ese deseo de supervivencia que tanto tememos (si es que no lo ha hecho ya).


Te dejamos con el trailer de la película: