El faro

Para la maestra Sandra con reconocimiento y gratitud. Sandra era una profesora, sin duda, entregada al aprendizaje de sus alumnos. Aun así se daba tiempo todas las tardes para visitar el faro que alumbraba religiosamente cerca de trescientos años. A decir verdad, esto no es cierto. La vez que los piratas, románticos, desembarcaron en su playa estuvo fuera de servicio por casi tres años, hasta que un forastero, llegado nadie sabe de dónde, lo reparó. De esto, sólo se sabe por las historias que le contaba su abuela, una tradición y por la inscripción en una de las piedras y que según leyenda fue dejada por el marinero antes de marcharse, al ser rechazado por la tátara tatarabuela de Sandra, y que los eventuales turistas pueden leer como parte de la historia de la isla Concepción. Las visitas, perennes, que hacía Sandra al faro tricentenario, no eran visitas románticas, a pesar de que ahí recibió su primer beso el día que Flavio le juró amor eterno un día antes de marcharse del pueblo. Ya casi no recuerda la inocente promesa del amor de su vida. Sandra y algunas personas se reunían para hacer vigilia ante las amenazas de derrumbarlo para construir un mirador para turistas. A pesar de los esfuerzos denodados de los activistas, el faro fue tumbado. En su lugar se erigió una plataforma de escaza belleza y valor arquitectónico, al que Sandra piso la única vez que protestó por última vez. Ahora que sus alumnos, uno a uno se fue yendo del pueblo en busca de un porvenir; esporádicamente utiliza las redes para colgar algún comentario sobre temas de educación, que apenas recibe uno que otro comentario… pero ya no habla del faro. FIN

Por Dario Lanni