¿El arte fue una necesidad convertida en placer? La estrecha relación entre la cultura y la política


En la era de la subjetividad en la cual vivimos, a menudo, una palabra tiene infinidad de significados. La «cultura» no es ajena ante tanta multidimensionalidad. Sin embargo, antropológicamente hablando, la cultura viene a ser todo aquello que producimos los seres humanos, lo que no está programado por la naturaleza. Dicho esto, se puede afirmar que el hombre construye comunidades (construye cultura), ya que es el único que se subleva ante lo natural. En esta oportunidad, no debatiremos si los animales construyen cultura o no, sino que nos enfocaremos en los seres humanos y la estrecha relación que se dio entre la cultura y la política desde el surgimiento de las sociedades.



DESTRUYAMOS EL ESTIGMA DE LO POLÍTICO


Nuestra especie, al inventar sociedades, necesitaba el uso indiscutible de la política. Nos referimos a las leyes o normativas, las cuales no son más que simples convenciones. Por dicho motivo, no forman parte inamovible de la sociedad ni de la realidad (Savater, 1992, p. 10). ¿Qué tiene que ver la cultura con las leyes entonces? En síntesis, la sociedad es cultura, dicha cultura posee leyes, así de simple. No obstante, al estar la cultura en constante movimiento, las leyes, así como la política, van desarrollándose en un paralelismo con el paso de los años.


En primera instancia, es necesario entender que el hombre tiene tendencia natural a la cooperación mutua para beneficio personal. Gracias a ello, se asoció y formó las primeras culturas primitivas. Es aquí donde el uso del arte como entretenimiento cobra suma importancia. En dichas culturas, el tiempo más importante era el tiempo del ocio, del juego, de la representación (cuando hablamos de representación, hablamos de teatro). El juego escénico y el registro pictórico eran, inclusive, más importantes que lo puramente necesario.


A manera de conclusión, podríamos afirmar que el ser humano -al ser un animal, pero no una bestia- necesita disfrutar de la vida y reproducirla para la satisfacción personal. Necesidad que no escapa del sistema neoliberalista, puesto que la finalidad de adquirir un salario (el cual se paga con tiempo) es exactamente el de brindarle un sentido a la vida a través del tiempo de ocio.

«El hombre se caracteriza por no querer morir, aunque no haya sido dotado para la inmortalidad» (Savater, 1992).

No quisimos sonar hedonistas, pero fue pertinente hablar acerca del rol del entretenimiento artístico en las culturas primitivas. Por otro lado, más adelante, el ser humano llegó a evidenciar los beneficios de vivir en colectivo. Al descubrir que era un ser sociable y que imitaba (repetía) para poder educar, empezó a guardar registro de sus actividades (nos referimos a la pintura rupestre). Con esto supo que «las principales ventajas de vivir en comunidad es que nunca se parte de cero, que podemos enterarnos de inmediato de muchos trucos y habilidades que nos hubiera llevado mucho tiempo descubrir a cada cual por sí mismo» (Savater, 1992, p. 21).


Posteriormente, al satisfacer las necesidades zoológicas (básicas), el hombre convierte las «otras» necesidades en placeres (deleites) (Savater, 2010). Estos deleites, en mi humilde opinión, vienen a ser las necesidades no básicas de cada individuo, las cuales se basan en su querer personal. Es aquí donde es adecuado preguntarnos si el arte fue una necesidad convertida en placer o viceversa.



EL NACIMIENTO DE LOS LÍDERES POLÍTICOS


En segunda instancia, es necesario mencionar que la elección de un líder sirve, en teoría, para zanjar disputas, para generar la estabilidad, la seguridad y el funcionamiento de la sociedad. En teoría, para delimitar el caos. Sin embargo, a lo largo de toda la historia, hemos podido apreciar que los líderes no eran los más hábiles ni los más comprometidos, sino que, más allá de generar un beneficio personal en base al poder que conlleva su posición, eran vistos como figuras divinas en muchas culturas (debido al importante rol de la religión justificado por mitos y creencias).


Es así que, con la llegada de la democracia, gran cantidad de postulantes al poder, simplemente, argumentaban su liderazgo bajo el discurso del bien común. ¿Por qué mencionamos esto? Porque así es posible apreciar la evolución del derecho político, el cual existía en las primeras organizaciones primitivas con la elección del líder a partir de las habilidades que poseía para contrastar las necesidades de la comunidad. Posteriormente, la elección se dio a partir del linaje familiar o de las posesiones (riqueza). Finalmente, la llegada de la democracia posibilitó una supuesta elección racional. ¿Es posible que la historia de los líderes políticos tenga influencia directa en la percepción del arte que tenemos?


Para entenderlo mejor, hablemos un poco acerca del desarrollo de la cultura griega (la cuna del teatro clásico). Los griegos son, supuestamente, los primeros que construyen una comunidad ciudadana en donde gobierna la libertad de los hombres: la democracia. Es a través de este intento revolucionario en búsqueda de una «igualdad» que los políticos (administradores de la Polis) intentan universalizar las normativas. Sin embargo, esta supuesta equidad excluía a todo aquel que no era ateniense, los humanos podían ser políticamente iguales, pero no humanamente iguales, es aquí donde el arte escapa de su función de entretenimiento y registro para ser utilizado como una herramienta de solicitud de derechos (excluimos el rol de la arquitectura y la escultura para no complicar este ensayo).



Con la expansión posterior del imperio griego, los atenienses descubrieron que no existía una verdad absoluta, por lo cual las leyes eran remodeladas constantemente bajo este selecto grupo de administradores en los que radicaba todo el poder de la metrópolis: era casi imposible hacer representaciones escénicas que no sean fieles a los parámetros de los líderes políticos, esta característica, lamentablemente, se conserva hasta el día de hoy en los países con mayor represión.


Ya mencionada la estructura política desde los inicios del hombre y cómo esta -indudablemente- no puede desligarse de la cultura, se podría deducir -por la propia Historia- que las jerarquías sociales y el poder establecido producen enfrentamientos (los cuales han sido expresados en las diversas disciplinas artísticas), ya que son motivados por el deseo de poder y la envidia hacia la propiedad privada.


Cabe resaltar que los enfrentamientos que mencionamos dan inicio a las desigualdades, pero, también, generan desarrollo al buscar alternativas de solución. Asimismo, brindaron una vitrina para descubrir el poder polifacético del arte. No obstante, por más que la Historia nos diga lo contrario, la existencia de una jerarquía entre culturas es irracional, ya que no existe criterio objetivo ni científico (calidad, cantidad, rango, importancia) que afirme la existencia de dicha superioridad, lo que pasa es que la cultura humana, también, es polifacética. Esta multiplicidad genera el impulso de comparar y agrupar (jerarquizar) (Krotz, s.f.).


LA CULTURA Y EL ESTADO: ¿DÓNDE QUEDA EL ARTE?


En tercera instancia, desarrollaremos brevemente lo que viene a ser la relación existente entre Cultura y Estado, se debe tener en claro que pueden diferenciarse, pero no desligarse. En síntesis, parece haber una disputa continua entre ambos: «El individuo se queja de la opresión y de la arbitrariedad del Estado y este atribuye a la desobediencia y el egoísmo de los individuos todos los desastres políticos» (Savater, 1992, p. 31). Nos encontramos en una continua paradoja, es un ciclo interminable. No obstante, es necesario mencionar que el Estado busca intervenir en la creación cultural y en la conservación del patrimonio para generar una positiva cohesión social (confundiendo muchas veces lo cultural con lo artístico).


Esta «conservación del patrimonio» viene a ser un intento del Estado por petrificar la cultura para la admiración y la construcción de una identidad nacional. Si bien es cierto que lo artístico es cultural, lo cultural no necesariamente es artístico. ¿Qué tiene que ver esto con todo lo hablado anteriormente? Pues el Estado es el que genera las leyes en la edad moderna y contemporánea. Por dicho motivo, es necesario mencionar el rol que ejerce (o intenta ejercer) en nuestras sociedades. Por más que intentemos negarlo, actualmente, el Estado no puede separarse del término cultura.

«En una democracia moderna debe darse una base única y sobre ella numerosas realidades plurales» (Savater, 1992, p. 60).

Lo que nos intenta decir nuestro filósofo español es que cada individuo tiene derecho a creer y no derecho democrático, puesto que atentaría contra los demás, en otras palabras, seguir leyes establecidas para no generar caos. Nuevamente, la cultura, al ser el elemento que distingue a la especie humana de los demás animales, no puede desligarse de la política (Estado), ya que ambos se retroalimentan constantemente con el arte como un eje para saber si se «están haciendo bien las cosas».


Finalmente, la respuesta parecería ser la construcción de una sociedad anárquica, una sociedad sin política (aparentemente). Sin embargo, en dicha utopía / distopía no existirían los conflictos, lo cual es poco probable, ya que ellos brindan desarrollo o bloqueo de un proceso cultural. Solo nos queda afirmar que el arte sin conflictos no puede ejercer su rol de solicitud de derechos o visibilización de problemáticas sociales, reduciéndolo – únicamente- a su rol de entretenimiento, terapia, construcción, y registro de actividades y personas. Dicho escenario puede sonar pesimista si es que no pensamos en una utopía sin conflictos.


Por otro lado, ante tanta subjetividad de conceptos, lo último que me arriesgaría a afirmar sería el hecho de que la cultura existe desde el inicio de la humanidad, con su nacimiento, también, surge la política (hablar de cultura es hablar de política). Esta, a su vez, viene a ser el conjunto de razones para obedecer y sublevarse (paradójicamente), lo cual genera una multiplicidad en el rol de las disciplinas artísticas. La cultura no puede desligarse de la política o, al menos, en lo que va de la historia de la humanidad, no pudo hacerlo. En conclusión, el arte nació como una necesidad humana placentera (hablando de mímesis y representación) que, por los motivos expuestos, terminó ejerciendo múltiples funciones.


REFERENCIAS


Krotz, E. (s.f.). Cinco ideas falsas sobre “la cultura”. Recuperado de: http://red.pucp.edu.pe/wp-content/uploads/biblioteca/081202.pdf


Savater, F. (1992). POLÍTICA PARA AMADOR. Recuperado de: http://www.iesseneca.net/iesseneca/IMG/pdf/fernando_politica_para_amador.pdf


Savater, F. (2010). La cultura como alegría de vivir: diversión y reflexión. Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=oYYlfVoynBk